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Paso | Simpecados | Carreta de Plata | Musical | Poético | Cerámica
PATRIMONIO | Paso Procesional
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Dentro del rico patrimonio de la Hermandad de la Asunción destaca el suntuoso paso sobre el que Nuestra Señora procesiona en triunfo por las calles cantillaneras cada noche del quince de agosto.
La construcción del paso comenzó a gestarse en 1883, para la ocasión los cofrades contaban ya con unas sencillas andas de reducido tamaño, provistas de respiraderos dorados, tallados a base de roleos de acanto, inscritos en un rectangulo. Completaban el conjunto seis candelabros muy esbeltos y jugosos en su composición y tratamiento, tallados por José Gil o por su discípulo Francisco Ruiz Rodríguez, apodado como Maestro Curro o Currito el dorador. En la actualidad pueden contemplarse durante los cultos anuales.
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A partir de la década de los treinta del siglo XX, la configuración del conjunto se activaría de forma definitiva e imparable. Así, en 1940 se incorporó, a modo de peana, el extraordinario sepulcro del que es arrebatada a los cielos la Sagrada Titular. Lo talló en madera José Rivera García. Sus líneas se inspiran en la urna de plata que contiene las reliquias de San Fernando, según recomendó Don José Hernández Díaz, Catedrático de Historia del Arte de la Universidad Hispalense, con quien Don José Arias Olavarrieta mantenía estrecha amistad.
Cubierto de carnosa hojarasca barroca, se adorna con cuatro relieves: uno en el centro de cada cara. En ellos se desarrollan los siguientes temas: la Anunciación, la Dormición, en la trasera, presenta el detalle curioso de mostrar, por una ventana de la estancia donde yace María, una vista de Cantillana; la Asunción, en el frente, y, por último, la Coronación por la Santísima Trinidad.
Las siguientes reformas resultaron fundamentales. Tuvieron lugar en 1960. Iban encaminadas a la incorporación de costaleros. Consistieron en el aumento de las dimensiones de la parihuela, cuya ejecución se encomendó al taller de Manuel Guzmán Bejarano. Por esa circunstancia hubo que hacer respiraderos. Antonio Vega los concibió dentro de la estética barroca dominante en el sepulcro de María. Aportan como novedad la conjunción de materiales y técnicas, quizás por influencia de Cayetano González, que también trabajó para la Hermandad, pues en ellos alternan espacios de plata repujada enmarcados por hojarasca tallada y dorada.
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La orfebrería corrió a cargo de Jiménez, artista sevillano. De su labor destaca el moldurón, que le otorga gran riqueza al conjunto, al presentar la particularidad de estar trabajado incluso por la cara superior.
En el frontal se ubica una cartela con Pío XII ante el Vaticano, en recuerdo de la Proclamación Dogma de la Asunción el 1 de noviembre de 1950.
En los costados aparecen, desde 1982, San Bartolomé, por los estrechos vínculos de la corporación con el templo dedicado al apóstol mártir, y San José, por su condición de esposo de María y de Patrono de la Iglesia Universal. Por el contrario, en la trasera va el escudo de la Hermandad.
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Como no se quería prescindir de los antiguos respiraderos, se adaptaron a canastilla. Perdieron el calado al acoplarse los roleos sobre tableros lisos enmarcados por sencillas molduras y discreta crestería, sólo rotas por las cartelas de las esquinas y las centrales de cada costado, éstas últimas sostenidas por parejas de serafines. En ellas, Antonio Vega, para enlazar con la parte nueva, mantuvo la fusión de talla y metal. Con destino a las esquinas, Rafael Barbero realizó cuatro querubines, inspirados en los habituales en las ménsulas de los retablos barrocos.
Este escultor ejecutó también la Inmaculada que remata la tarja delantera, significando el inicio de la vida de María. Sigue la composición característica de las obras de su compatriota Alonso Cano. Se adorna con corona y ráfaga de plata, la última estrenada en el año 2000. Al mismo tiempo, José Lucena realizó una pequeña efigie de Fernando III el Santo, popular e ingenua, con objeto de ocupar idéntico sitio en la trasera. Recuerda la reconquista de la villa por dicho monarca, su incorporación a la Corona de Castilla, el restablecimiento del cristianismo y la introducción en la localidad de la devoción asuncionista, por la que sentía especial predilección.
El siguiente hito importante tuvo lugar en 1971. Este año Sebastián Santos Rojas ejecutó la nube sobre la que cada quince de agosto asienta Nuestra Señora. Hasta entonces siempre usó la instalada, ahora de forma permanente, en el retablo. Está inspirada en no pocas creaciones sevillanas del siglo XVIII, aunque quizás, de forma especial, en la correspondiente a la Asunción titular del Convento de las Mercedarias de la sevillana Calle de Guadalquivir. Años después, su hijo Jesús Santos Calero, en 1994, acometió la tarea de restauración que asegurarse una conservación adecuada.
Este elemento no es aleatorio. Viene impuesto por las propias fuentes asuncionistas, a saber: el Pseudo Juan (capítulos XXVI y XXVIII), el Pseudo Arimatea (capítulo XVI) o Santa Gertrudis la Magna.
En la nube aparecen mezclados querubines y serafines portando estos últimos emblemas litúrgicos como son la rosa por la planta de rosa del Eclesiastés XXIV, 18; la palma, por alta como la palmera del propio versículo; la azucena, símbolo de virginidad y castidad, y la corona y el cetro, alusivos a la Realeza de María. Todos están hechos por Orfebrería Ramos, salvo la corona de brillantes, que procede del siglo XIX.
A ellos se suman otra pareja situada en la trasera del sepulcro: uno con un rosario en las manos recuerda los orígenes fundacionales de la corporación, y el otro, con el sudario: un tul de seda, bordado en hilo, del siglo XVIII, que asoma entre las flores, que, por imperativos iconográficos, lo abarrotan.
Sólo dos años después, en 1973, Antonio Vega volvió a contribuir con la reforma de los cuatro candelabros de las esquinas, con la idea de aumentar el número de brazos.
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También hizo los mecheros de tres luces cada uno que portan una pareja de serafines, antiguos aunque muy restaurados, situados ante el trono de ángeles de la Virgen. Con ellos se mantiene secular tradición concerniente a los pasos de gloria, hoy prácticamente abandonada en Sevilla, donde quedan como único testimonio los correspondientes a la Virgen de la Alegría.
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El dorado corrío a cargo de Antonio Díaz. Posteriormente, en 1982, se alargó de nuevo la parihuela, incorporándose, para solventar la cuestión, las antes mencionadas efigies de San Bartolomé y San José de los respiraderos. También se incluyeron, con excelente criterio, los cuatro bellos angelotes dieciochescos de las esquinas, piezas de gran mérito y calidad artística, restaurados por José Rivero Carrera en 1998. Durante un tiempo llevaron en sus manos flores e incluso emblemas marianos.
En la actualidad sostienen ostensorios de plata con reliquias de bienaventurados marianos como San Antonio María Claret, San Maximiliano María Kolbe, Santa María Goretti y la Santa Ángela de la Cruz, estrenados en el año 2000.
Queda mencionar los faldones del paso, realizados en Brenes por las Hermanas Rama en terciopelo de Lyon de color azul pavo, con ocasión del 50 Aniversario de la Proclamación del Dogma. Se completan con apliques en plata de ley, ejecutados por el citado taller de Jiménez.
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En la propia materia se hizo por los Hermanos Delgado, en 1995, el llamador del paso, regalo de la cuadrilla de costaleros, circunstancia que explica la presencia de estos hermanos en su composición.
Por último, y referente a los colores dominantes en el conjunto, cabe señalar que el azul habla de salvación, caridad y sabiduría; el blanco, de gozo, gracia o unión con Dios; la plata, el metal asociado a la Virgen, de pureza, y el oro, de verdad, bondad, santidad o gloria eterna, conceptos todos ellos inherentes al mensaje que el Misterio conlleva.
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| Es preciso concluir que estamos ante un ambicioso y aquilatado proyecto, decantado y perfeccionado a lo largo de muchos años, en honor de la Asunción Gloriosa, verdadero e indiscutible tesoro de la Hermandad, capaz de anular y eclipsar cuantos elementos la rodeen a ELLA. |
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