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PATRIMONIO | Simpecados

La Hermandad cantillanera de la Asunción, posee un importante ajuar procesional. Dentro de él destacan por méritos propios tres magníficos simpecados bordados en oro, cosa lógica si consideramos que los orígenes fundacionales de la corporación nos llevan a la práctica pública del Santo Rosario por las calles de la localidad.

Es una insignia principal en la vida de la Hermandad. Preside todos los cultos y las imágenes pintadas que llevan reciben idéntico fervor y honores que la venerada Titular. De ahí que al faltar ésta del templo parroquial por el motivo que fuere la sustituyan en el trono del Altar mayor.

En este sentido, conviene recordar que hasta junio de 1690, esta práctica piadosa se circunscribió al Orden de Predicadores. A partir de la fecha indicada, a instancias de Fray Pedro de Santa María de Ulloa, regular del convento de San Pablo de Sevilla, los dominicos perdieron su exclusividad. De ese modo, la devoción y culto al Rosario prendió en cada barrio hispalense con asombrosa rapidez, hasta el punto de no quedar iglesia o capilla donde no se organizase una corporación masculina que, al amanecer o al atardecer de domingos y festivos, recorriera el viario contemplando los misterios correspondientes a la jornada en cuestión. Paralelamente, el capuchino Fray Pablo de Cádiz hizo los propio en la expresada capital andaluza. Allí creó las llamadas Compañías Espirituales del Santo Rosario, en número de quince. De ellas sobresalen las consagradas a la Orden de la Palma en el castizo barrio de la Viña y la penitencial de las Angustias del Caminito.

Esta idea la llevó igualmente a otras poblaciones cercanas. Fue precisamente este religioso el introductor, en febrero de 1691, de la Cruz, el simpecado y los faroles en los rosarios públicos que además empezaron a acompañarse con cantos, según relataba Fray Isidoro de Sevilla en su obra titulada Nube de Occidente. A la muerte de Fray Pablo, continuaron dicha labor otros regulares de la orden como los padres Luis de Oviedo y Arcadio de Osuna y el citado Isidoro de Sevilla.

Habría que esperar a la noche del 1 de noviembre de 1730 a que nuevamente en Sevilla, un hijo de santo domingo, esta vez Fray Pedro Vázquez Tinoco, a las señoras congregadas en el convento de los Menores, hoy parroquia de Santa Cruz, para que a invitación de los varones arrebataran el simpecado de la Virgen, Rosa de Jericó, que radicaba en las gradas de ese templo, e iniciaran así su andadura. El ejemplo se difundió con plena celeridad, difundiéndose en escasos años por toda la Archidiócesis. No podemos olvidar que este fenómeno se consideraba uno de los primeros logros feministas de la época, pues por aquel entonces eran numerosas las limitaciones impuestas a las mujeres por las estrictas normas sociales, que entre otras cosas les impedía salir solas, aunque fuese a la iglesia y mucho menos juntarse en asociaciones religiosas, regidas e integradas por ellas con carácter exclusivo.

Por tanto, hasta bien entrada la década de los treinta del siglo XVIII, o siguientes, esta modalidad nunca puedo arraigar en Cantillana.

A los inicios del siglo XIX esta costumbre arraiga en Cantillana. De esa época precede el más antiguo de los tres simpecados, el llamado fundacional, por ser el primitivo: el de la Promesa, el que causo la congregación del Santo rosario bajo el título de la Asunción de Nuestra Señora. De hecho, cuentan que se hizo a raíz de la gran epidemia de fiebre amarilla que desde fines de agosto hasta comienzos de noviembre de 1.800, asoló la ciudad de Sevilla y sus comarcas colindantes a donde llegó precedente de Cádiz. Recordemos que en dicho año concluía el siglo XVIII.

SIMPECADO FUNDACIONAL. PROCESIONA EL 1 DE NOVIEMBRE.

Lo encargó Doña María de Cózar y Doña María García, junto con otras damas de Cantillana, quienes corrieron con los gastos que su ejecución conllevaba. Es rojo carmesí, por tratarse del color del Santo Rosario. Su diseño, muy rico, dentro de una estética tardorrococo, muestra un perfil recortado, con amplias aletas en los extremos superiores y airoso penacho central. Guarda relación con algunos existentes en Sevilla, como el perteneciente a la Virgen de la Salud de San Isidoro. Presenta una bella pintura coetánea, de autor desconocido, con la Gloriosa Asunción, en el que la huella de Zurbarán, Cano y Murillo se evidencia con claridad.

De rostro joven y hermoso, se eleva sobre trono de querubines, mientras dos ángeles mancebos colaboran en la tarea. Parece influida en su composición por el lienzo precedente del convento de San Francisco, conservado en la casa de Hermandad, el cual sigue a su vez al existente en las gradas catedralicias, que también contó con una Hermandad del Santo Rosario.

Sale procesionalmente, en Santo Rosario cantado, la mañana del uno de noviembre para conmemorar el aniversario de la Definición Dogmática del Soberano Misterio de la Asunción por Pío XII. A tal fin posee vara de plata, rematada por una cruz, muy sencilla, del propio metal. La primera jornada de la Novena, el catorce de Agosto, se expone en el Templo Parroquial Asuncionista. Antiguamente protagonizaba los actos públicos de las fiestas septembrinas por la Subida de la Titular al Trono de su Retablo Mayor.


SIMPECADO DE GRAN GALA. PROCESIONA EL 14 Y 23 DE AGOSTO.

Le sigue en el tiempo el Simpecado de Gran Gala. Es así mismo de los llamados de forma. Por sus trazas, con grandes roleos laterales, cuernos de la abundancia, talles vegetales simétricos y numerosas flores de talco cubriendo la totalidad de su superficie, cabe fecharlo en el primer tercio del siglo XIX, circunstancia que explica su innegable ascendencia neoclásica. Se bordó en oro sobre tisú de plata de color blanco, ya que ese tono corresponde a la solemnidad litúrgica de la Asunción.

Por su parte, el óvalo central presenta una pintura anónima, de claro sabor italianizante, aunque quizás inspirada en el magnífico medallón superior del retablo mayor parroquial.

Llevado en asta de plata, coronada por una cruz dorada, siempre escoltado por una pareja de damas, "las peanas", sosteniendo los borlones y un farolito, sale dos veces al año, en sus traslados respectivos a la parroquia de la Asunción y a la ermita de San Bartolomé, las noches del catorce y veintitrés de agosto, acompañado por bandas de música, la junta de gobierno y gran número de niñas, jovencitas y señoras en el cortejo; unas con mantilla blanca, otras con la negra, en tramos separados, según corresponda al estado de las asistentas.

Por esa razón centra la conclusión de los cultos de agosto, cargada de íntima emoción y esta presente en lugar destacado del Templo Parroquial los restantes días de Novena a la Titular, en cuyas precesiones extraordinarias participa igualmente, a menudo precedido por niñas vestidas de ángeles. Por último añadiremos que guarda estrecha relación estética y estilística, con el perteneciente a la Hermandad sevillana de Nuestra Señora del Amparo, venerada en la iglesia de Santa María Magdalena.


GLORIOSO SIMPECADO QUE PROCESIONA EN LA FIESTA DE LA SUBIDA.

Por lo que respecta al Simpecado de la Subida, specificaremos que se confeccionó con piezas procedentes de las ropas de la Virgen Asunta venerada en San Bartolomé, estrenándose en septiembre de 1.960.

En su composición se utilizó también como soporte un terciopelo granate, sobre el que resaltan los motivos asimétricos, a base de tallos con flores y grandes hojas que ocupan por completo el tejido, excepción hecha del medallón central, rodeado por guardilla. Tales bordados, a realce, concuerdan con cuantos realizaron en los años de la restauración alfonsina las famosas hermanas Josefa y Ana Antúnez, en sus trabajos destinados a las cofradías sevillanas pese a las mutaciones que semejante adaptación conlleva. Basta recordar la túnica de los cardos del Señor del Gran Poder, o los antiguos pasos de las dolorosas correspondientes a la Carreteria, el Patrocinio y la O, este último en poder de la Piedad jerezana y en especial, los mantos procesionales de la Soledad de San Lorenzo, las Angustias de Alcalá del Río o los Dolores de Castilleja de la Cuesta.

La pintura del óvalo corrió a cargo de Juan Antonio Rodríguez, quien se inspiró en la efigie de la Titular del Templo Parroquial y de la corporación. Esta insignia preside la ofrenda de romero y el rosario cantado por sevillanas en vísperas de la Subida. También el Triduo conmemorativo del Dogma de la Asunción y por supuesto recorre el pueblo, en carreta de plata, el penúltimo domingo de septiembre, de ahí el apodo por el que es conocido. En todos esos actos usa vara de plata de ley con cruz de metal plateado en el remate.

Ni que decir tiene, que con destino a las expresadas salidas de los tres simpecados, la Hermandad cuanta con un magnífico juego de cruz alzada y doce faroles labrados en plata, de estilo neoclásico, del que consta que Palomino, famoso platero sevillano del siglo XIX, realizó la primera.

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